São João en Lençóis:
El fuego, la abundancia y la música del Nordeste
Antes de convertirse en una fiesta brasileña, São João ya era una celebración del tiempo. En el Hemisferio Norte, junio marcaba el solsticio de verano, cuando el sol alcanzaba su mayor fuerza y los pueblos antiguos celebraban la fertilidad de la tierra, la abundancia de las cosechas y la energía vital de la luz.
Con el cristianismo, esta fuerza simbólica encontró una nueva forma. La Iglesia acercó esas antiguas fiestas solares a la celebración del nacimiento de São João Batista, el 24 de junio. A diferencia de la mayoría de los santos, recordados principalmente en la fecha de su muerte, São João se celebra por su nacimiento. Esta singularidad otorga a la fiesta un peso espiritual poco común: una natividad que, en el calendario afectivo del Nordeste, muchas veces ocupa un lugar tan intenso como la Navidad.
En Brasil, la fiesta llegó por la tradición portuguesa, pero ganó otro cuerpo. Encontró la tierra indígena, la presencia africana, los alimentos nativos de las Américas y la musicalidad popular. El São João brasileño dejó de ser solo una herencia europea. Se convirtió en un lenguaje propio, profundamente ligado al campo, a la cosecha, a la cocina y al encuentro.
En el Nordeste, ese lenguaje se volvió aún más fuerte. Junio es tiempo de maíz, mandioca, maní, pasteles, canjica, licor, hogueras y mesas abundantes. La abundancia aparece como señal de vida, de cosecha y de comunidad reunida. El alimento guarda memoria: viene de la tierra, pasa por las manos, llega a la mesa y atraviesa generaciones.
En Lençóis, en la Chapada Diamantina, São João adquiere la escala de la ciudad. Las calles de piedra se llenan de bandeirolas. Las fachadas históricas reciben la luz cálida de las hogueras. El frío de la sierra acerca a las personas. La música recorre la noche. El forró, el baião y el arrasta-pé forman una banda sonora que no necesita explicación para quienes nacieron aquí, pero que encanta a quienes llegan de fuera.
La hoguera quizá sea el símbolo más antiguo y poderoso de esta celebración. Reúne las distintas capas de la fiesta: el fuego solar de las antiguas celebraciones europeas y la luz cristiana asociada al nacimiento de São João. En Lençóis, cada hoguera parece encender también una memoria colectiva. El fuego ilumina la piedra, abriga la noche y transforma la ciudad en un gran lugar de encuentro.
Por eso, São João en el Nordeste no puede reducirse a la idea de una fiesta típica. Expresa identidad. Tiene fe, comida, música, cuerpo, territorio y tiempo. Tiene la alegría que nace de la convivencia y de la repetición anual de gestos simples: encender la hoguera, vestir la calle, preparar el maíz, llamar a los amigos, bailar hasta tarde.
En Lençóis, esta experiencia se suma al paisaje de la Chapada Diamantina. De día, ríos, senderos, cascadas y montañas. De noche, la ciudad encendida, el forró atravesando las calles y la sensación de participar en una celebración que antecede cualquier campaña turística. São João aquí no fue inventado para ser visto. Sucede porque forma parte de la vida.
Para quienes llegan de fuera, quizá ese sea el descubrimiento más hermoso: entrar en una Bahia menos obvia, más interior, más profunda. Una Bahia donde el fuego conversa con la piedra, la música con la memoria, y la abundancia de la mesa con la fuerza de la tierra.
São João en Lençóis es una celebración de la luz en el invierno brasileño. Una fiesta de cosecha, amistad, alimento y música. Uno de los momentos en que el Nordeste revela, con mayor intensidad, la belleza de su cultura viva.
Fotos: João Jasmin, Jesus Carlos, Gary Nedelisky


